Pese a que anteriormente, durante mucho tiempo también he estado cogiendo un autobús de lunes a viernes, quizás porque entonces era para ir a clase, e iba totalmente masificado, no había caído en la rutina que pueden a llegar compartir un grupo de personas diariamente sin conocerse de nada.

Pues vaya chorrada, pensaréis algunos. Efectivamente, lo es, pero me apetecía escribirlo, :-).

Y es que todos los días, de lunes a a viernes, a la misma hora aproximadamente, cuando aún están acabando de poner las calles…., cojo “El autobús”, en la parada en la que hasta hace una semana me subía yo solo, pero en la que ahora me acompaña otra señora, por lo menos temporalmente.

Una vez arriba, ya empiezo a ver a ese pequeño grupo de personas que comparte diariamente mi trayecto, a veces alguna nueva, a veces no, a veces más, a veces menos, pero siempre hay un grupo que se repite, aunque durante las Navidades ha debido haber muchas vacaciones, que faltaban muchas, pero el día 7 de enero ya volvían todas a la normalidad, :-).

Al fondo encontramos a un señor de mediana edad con su barba perfectamente cortada y a mitad del autobús está el asiento vacío en el que me siento todos los días donde justo delante encuentro a mi compañero de viaje, ese señor de avanzada edad con su chupa de piel negra y bigote blanco, que debe de picar por cierto, ya que se lo rasca a menudo.

A la izquierda mía, con su abrigo amarillo reflectante, un obrero currante observa por la ventana, al que apenas miro del daño que hace a la vista de lo que se refleja.

Un poco más atrás, una chica joven, en un asiento doble, espera la llegada del autobús a la siguiente parada de la que me subo yo, para encontrarse con su amiga y empezar a contarse las anécdotas del día anterior, o vaya usted a saber que, porque yo ahí, ya no entro.

Y no olvidemos a la chica de pelo rizado (Bien bonito, por cierto), que siempre suele ocupar el mismo asiento individual si está libre, o podemos ver en algún otro si esta ocupado.

Y allí estamos, todos los días, las mismas rutinas, las mismas paradas, las mismas personas, el mismo autobús, sin conocernos de nada, cada uno embutido en sus pensamientos, pero compartiendo los mismos momentos de nuestra vida durante el tiempo que dura el trayecto.

Y escribiendo escribiendo, he llegado a mi parada, así que aquí nos bajamos, yo, el señor del bigotito blanco que debe de picar, las dos jóvenes amigas, y aquellas personas que por ese día se han unido a “nuestra pequeña familia del autobús”, observando, que en las mismas paradas de todos los días ya han bajado el señor de barba arreglada, el obrero reflectante, y la chica del bonito pelo rizado.

Que tengan un buen día, y hasta el día siguiente, pienso para mí.

Sed felices

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